HABITAR LO HUMANO

La primera mirada es la de nuestra madre. La Raíz. Una mirada que necesitamos desde que nacemos hasta que morimos: la que nos reconoce, la que nos inviste, la que nos hace existir para el otro. Desde ahí partimos hacia la vida, hacia el umbral que elegimos —o que podemos elegir— como destino.
En ese recorrido, nos encontramos con nuestras heridas, nuestras marcas y con la forma en que aprendimos a sentir, a defendernos y a estar en el mundo. En ese proceso se va forjando nuestra personalidad y en ese tránsito, el flujo de la vida puede quedar bloqueado en nosotros/as. Cuando la mirada hacia uno mismo se pierde, enfermamos. Nos alejamos de nosotros/as, nuestro auténtico YO, del hilo que nos sostiene en la experiencia. Algo se interrumpe en el interior: el contacto con lo que somos, con lo que sentimos, con lo que nos pasa. La vida comienza a vivirse más desde la defensa que desde la presencia. Si contactamos de nuevo con ese flujo (nuestra esencia), algo ocurre. Nos hacemos cargo de lo que sentimos, de lo que percibimos, de lo que nos pasa. Nos atrevemos a mirarnos desde la identidad que tuvimos que construir para pertenecer, para sobrevivir, para salir adelante, y también a reconocer cómo quedamos atrapados en esa identidad, como en una cárcel. Al soltar —sin pelearnos más, sin forzarnos—, al darnos cuenta de lo que hubo y de lo que ya no está, podemos acceder a otra forma de estar en la vida: más libre, más viva. Y desde ahí, al placer de lo que es y también de lo que ya no es. Desde el alma hay paz: la de la propia realidad. Se vislumbra la belleza del ser humano en su imperfección. Esa Paz es Raíz y Casa

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